Ensayo sobre la exposición individual «900 Territorios – Línea», del artista Edgar Solórzano, que se presentó los meses de octubre, noviembre y diciembre de 2022, en la galería de arte contemporáneo Castilla/Klyuyeva, ubicada en San Pedro Garza García, México. Fotografías por Michelle Lartigue.
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Cuestionarse sobre el ser y estar en el espacio-tiempo es acaso la pregunta primaria que el humano se ha realizado desde que tiene consciencia de sí mismo; un proceso indeterminado que solo nos lleva a suposiciones, hipótesis imprecisas. Al concebir la teoría de la relatividad especial, Albert Einstein formula un modelo matemático que elimina un tiempo y un espacio absoluto, ocasionando con ello una ruptura con la concepción newtoniana del universo. Dicha teoría demostró que el espacio y el tiempo son relativos y que ambos están exquisitamente entrelazados; un vínculo sintonizado en la paradoja que implica la totalidad de la existencia. El espacio-tiempo como un continuo único, en donde emerge la materia, donde se desarrolla, transforma y desaparece, sin la certeza concreta de su destino. Einstein declara que el tiempo no puede estar separado de las tres dimensiones espaciales, por lo tanto, con el tiempo, son cuatro las dimensiones en donde todos los sucesos del universo ocurren; la geometría del espacio-tiempo como retícula y partitura.
Desde las civilizaciones antiguas, inclusive antes del advenimiento de la escritura, junto con algunas manifestaciones pictóricas o elementos iconográficos, hay una referencia a la noción de un más allá de lo matérico, de lo físico, del espacio-tiempo. En la filosofía de los antiguos griegos, dos vertientes sobre el origen del universo se confrontaban: aquella que sostenía que el universo tuvo su origen en un principio inteligente y otra que lo colocaba con un principio impersonal. Para Anaxágoras, ese principio inteligente, dotado de voluntad, ordenó la materia, confiriéndole su razón de existir. Por su parte, Platón también subrayaba que el universo, o «el mundo sensible», tiene su base en una fuente eterna que contiene todas las causas y sus formas, una especie de dios, artífice que habita en sí mismo, en «el mundo de las ideas». Encontramos en Aristóteles un opuesto decidido, quien eliminó «el mundo de las ideas» de su postulado, elevando al universo, al cosmos, a la eternidad. En ambos casos, el espacio-tiempo, generado o no por un ente inteligente, un «demiurgo» con la libertad de creación, es por sí mismo el contenedor de las formas, que aparecen a medida que se van concretando. El contenedor y el contenido, el contenido y su contenedor.
Es aquí donde expongo mis primeras tesis sobre el trabajo de Edgar Solórzano, un primer acercamiento utilizando como soporte mis reflexiones sobre el espacio-tiempo, o lo sensible, sobre la geometría metafísica que lo manifiesta y lo inmaterial que se materializa. En la obra artística de Solórzano es habitual encontrar el uso de una retícula en donde se despliegan trazos, signos, objetos, entre otros. Encontramos un ritmo latente de formas que se desdoblan en las dimensiones que componen el tiempo y el espacio. Hay la intuición de un abstracto que se permea en la materia, como si del mundo de las ideas, cual demiurgo, se proyectara a lo sensible. ¿Qué son esas formas? ¿Son acaso fragmentos de una totalidad que no se alcanza a aprehender? ¿Cuál es la relación afectiva que el artista vincula con el espacio y con el tiempo? Enfrentarse a la material desde lo íntimo, posibilita adueñarse de su destino.
Gastón Bachelard escribe en la introducción de «El agua y los sueños. Ensayo sobre la imaginación de la materia»: «(…) podríamos distinguir dos imaginaciones: una imaginación que alimenta la causa formal y una imaginación que alimenta la causa material (…)». Para Bachelard, es primordial que una causa sentimental, la cual identifica como íntima, se transforme en una causa formal, para con ello darle vida a la materia. «Soñamos esas imágenes de la materia, sustancialmente, íntimamente, apartando las formas, las formas perecederas, las vanas imágenes, el devenir de las superficies.» Otra resonancia encontramos con el trabajo de Edgar, pareciese que las formas que dibuja, que hilvana entre materiales y manipula, se manifiestan desde ensoñaciones a modo de un lenguaje onírico que solo él puede traducir desde la inconsciencia. Nos recuerda que más allá de la física, la memoria subyace entre las capas de lo real y lo irreal, un afecto eterno que moldea los elementos que configuran al universo. Somos los artífices vinculados los unos a los otros, posibilitando el cosmos que nos contiene.
Grafito, papel, lino, hilo de algodón, metal, en lo bidimensional y tridimensional. Aterrizo las relaciones que postulo al concluir que para Solórzano el volumen seduce al espacio y la materia sostiene al tiempo, en una vinculación afectiva en donde las cuatro dimensiones que contienen al universo se despliegan cual geometría reticular. Ya nos dirá Anaxágoras o Platón si Edgar juega al artífice inteligente que materializa el mundo abstracto en signos que simulan un lenguaje, o tal vez Aristóteles lo nombraría como el constructor de formas singulares, pero nos queda claro, como subraya Bachelard, que lo suyo, sin duda, es la poética de las imaginaciones que alimentan las causas formales y materiales.
Eliud Nava.










