Texto curatorial para la exposición individual «Mar De Cerros», del artista Emilio Flores, que se presentó en la Sala de la Estampa, del Museo Metropolitano de Monterrey, del 29 de enero al 1 de marzo de 2026, en Monterrey, Nuevo León, México.

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Basada en una exploración consciente del entorno natural en el que habita, con especial énfasis en la observación del paisaje y los patrones generados por la fragmentación de la materia orgánica, la obra de Emilio establece un paralelismo estético y conceptual entre las formas de la naturaleza que concibe, con sucesos de carácter histórico, social y personal. Desde la escultura, disciplina en la que mayormente trabaja, Flores articula un cuerpo de obra en la cual manifiesta pensamientos que tratan temas sobre ecología, el imaginario colectivo, la escultura como soporte expresivo, por mencionar algunos. En «Mar De Cerros», más allá del tratamiento formal y matérico, devela un interés inherente en considerar el estado actual del ecosistema del Valle de Monterrey, sin desvincularlo de sus aspectos socioeconómicos.

Localizado en la región noreste de México, rodeado por monumentales formaciones montañosas pertenecientes a la Sierra Madre Oriental, de las que destacan el Cerro de la Silla, el Cerro de las Mitras y el Cerro del Topo Chico, el Valle de Monterrey, anteriormente llamado Valle de Extremadura, alberga en la actualidad a más de cinco millones de habitantes. Autodenominada La Ciudad de las Montañas, la Zona Metropolitana de Monterrey se enfrenta a serias problemáticas medioambientales que la colocan como una de las ciudades más contaminadas de Latinoamérica, con visible deterioro en la calidad del aire que se respira, el agua que se ingiere, la tierra que se habita y paradójicamente, en su paisaje montañoso, algunos de sus cerros han sido carcomidos por las pedreras multinacionales ávidas del capitalismo extractivista en el que descansa el modus vivendi de su imaginario identitario.

De tal manera, esta «ciudad de las montañas», tiene ante sí urgencias que no puede seguir ignorando, al disimular un estado de bonanza perpetuo, mientras va degradándose ante la confusión colectiva de sus propias narrativas agotadas. Porque el ser humano es naturaleza en sí mismo, nada ni nadie está fuera de ella; comprenderlo es acaso la revolución filosófica que solicita un verdadero cambio de paradigma y «Mar De Cerros» participa desde esta trinchera, desde su bronce patinado y la belleza de sus formas, para recordarnos y enfrentarnos al Monterrey contemporáneo, en la emergencia del cuidado que requiere.

Eliud Nava.


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